Postvacacional

Ardid,

que no arded,

aunque a veces gustaría.

Raro artificio del deber aprehendido.

Cafés a primera hora,

carreras bajo tierra,

trenes que no se detienen.

Los brazos del tiempo giran

–Sí, lo hemos pasado genial–

y con ellos la vida.

 

Horacio Picón

 

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Life York

En cada esquina la vida, de tus calles en una palabra. Ladrillos hechos de historia y argamasa mezclada con amor y lágrimas. La plaza conquistada es mi fuerte y mi lucha. Somos personas de costumbres, de sombras con sol, de esperanzas matutinas que se trasparentan en nocturnidades agujereadas por golpes y penas.

Los ventanales resisten la sacudida del viento. El cristal es demasiado grueso para romperse. Tú y yo nos miramos, constantes.

Y

nosfundimos

en el último

verso:

‘Son tus razones perfectas,

son nuestras palabras sinceras

y son nuestros complejos corazones;

tan solo esclavos del tiempo.’

 

Horacio Picón

(a)Marte

Amar es el resultado de una ecuación sin resolver. Yo sé que éramos algo parecido al tiempo porque corríamos en nuestra propia contra. Intentamos sobrevivir al calendario que no hacía más que recordarnos fechas, rememorar efemérides; hacernos conscientes de que los meses pasaban y los años volaban. Antes, que éramos jóvenes, la vida se nos antojaba inmensa e indómita, pero ahora que nuestras espaldas se curvan como el planeta en el que nos encontramos, sentimos el ahogo callado del soneto que roza su fin.

Cuando nada aún había pasado, recuerdo cómo decías que nuestra relación era como el planeta Marte. Habíamos construido un mundo con una atmósfera propia. Pero todo se desvaneció con los años, y yo sabía qué pasaría si te decía “de acuerdo”. Sabía que no volveríamos a vernos. Sabía que cogerías un avión con destino a otro barrio y te mudarías silenciosa. Todo empezaría de nuevo. Sin embargo, como dice un poeta: “la memoria no es un animal doméstico”. Yo era consciente de que tarde o temprano el recuerdo de tus labios sobre mi cuerpo romperían como una lanza mi alma y, entonces, lloraría por ti. Tú gritarías mi nombre en sueños y sólo en esa quimera onírica te permitirías volver a quererme, porque eres orgullosa y eso ambos lo sabemos. Conocerías a gente, la vida te trataría bien, como te mereces. Pero también sabía que en algún momento llegaría ese día en el que desde tu cama, con tus manos arrugadas y tu cara marcada por el desgaste de la vida; me recordases de verdad, sin sueños ni quimeras.

Es ahora cuando me llamas. Y yo te contesto. Porque yo, que he cruzado puentes y he atravesado verdades por tenerte, estoy dispuesto a besarte de nuevo y una vez más, aunque hayan pasado decenas de otoños, volver a (a)Marte.

Horacio Picón Masero.

Carta desde la Toscana

Belforte, 19 de noviembre de 2014.

Marc me lo dijo: “Tú únicamente haz lo que te haga feliz, siempre y cuando no le hagas daño a nadie, claro”.

Y así fue, dejé mi casa blanca del centro de Sevilla, dejé a mi familia, a mis amigos, a mi gata, mis libros, mi ropa y hasta mi maleta. Dejé mis recuerdos, mi sombra y mis poemas. Cogí el tarro de tabaco, papel, los filtros, un clipper y, de ser posible, hubiera dejado también aquel sobre con tres mil euros que tenía escondido bajo la losa hueca de la cocina; pero es imposible soñar con los bolsillos a cero.

El aire dorado de la toscana me recuerda a los veranos que pasaba con los scouts en aquel campo amarillo de la sierra de Cádiz. Aún no he visitado Florencia, debe de ser preciosa, pero me agobia ahogarme entre la multitud ansiosa por retratarse junto al David o la torre de Giotto. Aquí, en Belforte, estoy en paz. Adoro la vida tranquila que me brinda ser preso de una rutina sin más parámetros marcados que los horarios. Me despierto casi con el alba y corro por los campos invadidos por el rocío de la mañana. Al principio me daba cierto miedo recorrer las carreteras aún en la penumbra, pero con el tiempo fui dándome cuenta de que los caminos asfaltados no son una excepción en esta tranquila comarca. Las montañas onduladas son como torreones naturales protegiendo la planicie que recorren las líneas de viñedos. Luego de hacer deporte me ducho, desayuno y voy a comprobar que todo esté en orden en la casita. Gianni, mi jefe, me llama todas las mañanas a la cabina que hay junto ayuntamiento para preguntarme qué tal va todo.

A él lo conocí en el vuelo a Roma. Es un viejecito encantador. En el trayecto de terminal a terminal le conté toda mi historia (eso también te incluye), le caí bien, supongo, y me comentó que él tenía un negocio de casitas rurales diseminadas por toda Italia. Al parecer, la chica que se encargaba de la de Belforte se había cansado de tanta tranquilidad y decidió marcharse a probar suerte en Turín; así que quedaba vacante una plaza laboral perfecta para mí, o al menos eso me aseguró él. Yo acepté, no tenía nada mejor que hacer y necesitaba ordenar mis pensamientos o, mejor dicho, clasificarlos como ‘confidenciales’ y desterrarlos a un archivo perdido en los sótanos de mi conciencia. Ahora, sin embargo, me llega una carta tuya y yo aquí, como un tonto, te contesto.

No te tomes a mal lo de tonto, en cierta manera me gusta serlo. No entro a juzgar si te mereces o no que esté ahora mismo escribiendo esto. Ambos sabemos lo que hiciste y precisamente por eso estoy aquí. En cierta manera te lo agradezco. No te voy a negar que he pensado en ti, que he soñado contigo, que he llorado por todo; pero confío en que el tiempo (o tú) cicatrice(s) la herida. Dices que me echas de menos y yo sólo puedo decirte que yo no lo sé. Después de que hayan pasado casi seis meses, yo sólo sé que te quería y que te quiero, pero no sé si eres la mujer con la que estuve ese último y doloroso mes o con la que compartí seis años de mi vida.

Tú ya sabes dónde encontrarme, si de verdad me echas de menos y piensas que merece la pena luchar por mí, aquí te espero, en mi calmada rutina de Belforte. Quizás, a tu lado, me atreva por fin a visitar Florencia.

P.D: En tu carta decías que has sido tía, dale un abrazo y un beso a Inma de mi parte.

Escrito por Horacio Picón Masero

Nos(otros)

Tarde de domingo
y yo a un año de ti.

Las calles se burlan
de mi solitaria presencia,
de mi sombra unitaria,
de mis pisadas sin tu compás.

El olor del perfume que tantas veces
inspiré de tu cuello
le ha hecho un placaje a mi alma.

Tu aroma me ha traído
nuestras tardes tras las clases,
mi mochila a la espalda
tu mano
en mi mano.

Los versos de García Montero,
que por aquél entonces resonaban
en nuestras mentes
universitarias e imberbes,
se me hacían menos comprensibles
con tantas tormentas por vivir.

Ahora que el viento te ha barrido de mi vida
como a las hojas de otoño,
te recuerdo y te echo de menos.

Sigo sin asumir que ahora soy ‘yo’
y que el ‘nosotros’ no es más
que un pronombre plural de ti
más otra persona ajena.

Horacio Picón Masero.

La Caverna

Miéntete,
acurrúcate en la piedra más fría de la gruta,
piensa que eso es lo que andabas buscando.

Escucha el sonido gutural
emanado de lo más profundo de tu alma
y llora al sentirte diminuto
ante la gravedad que circunda al abismo oscuro
a pocos metros de retomar tu caída incierta.

Con el flash de tu móvil proyectas sombras en la pared,
te sientes protegido representando el teatro de lo sensible,
amparado por las siluetas que controlas fácilmente con tus gestos.

Despiertas en el tranvía,
Platón con caderas de mujer te sonríe al fondo del vagón.

–De nuevo aquí–,
le dices sin abrir la boca.
Ella, con rubor en sus mejillas, asiente.

Tu alma se enciende de nuevo:

Las sombras son para los débiles,
para los que no luchan,
para aquellos que se refugian en la falsa felicidad
de creer hacer lo correcto
en la intangible ciencia
de nuestras vidas inexactas.

                                                                                                                                                  Horacio Picón Masero.

Q

Hoy llueve, permíteme echarte de menos. Abrazo la almohada enroscado como lo estaría a tu cuerpo y, en silencio, me transformo en el impacto de cada una de las gotas contra la uralita de la cornisa de la ventana. La luz hoy es tan sólo un vago recuerdo, el gris se apodera de mi cuerpo. Sufro la locura transitoria de querer coger mi móvil, de llamarte tembloroso; de que preguntes quién es y de no contestarte. Pero caigo en que ya no estamos en los años ochenta y, aunque haya tantas canciones de esa década que nos encanten, los teléfonos de hoy día tienen pantallas chivatas que no dan pie a cagadas tan grandes.

Quizá, una carta en blanco. Un sobre con un brillante e intacto A4 doblado por tres partes en su interior. Sí, quizá eso te hiciera pensar, pequeña. Tal vez, al ver una misiva anónima que fuera excepción entre tantas facturas y folletos del Telepizza podría, a lo mejor, hacerte llegar a la conclusión de que yo estoy detrás de esas líneas inexistentes. Pero llueve demasiado, no tengo sobre, ni sello para el extranjero; ni tampoco sé dónde hay un buzón en esta ciudad que aún me es extraña.

Dejo a la almohada de lado y me siento en mi escritorio. Enciendo el ordenador, abro el Spotify y escucho una canción de Alex Ubago. Pobre hombre, él sí que debe saber lo que es el desamor. Paro el tema al minuto y medio, y escribo en el buscador ‘Don’t think twice, it’s all right’. Dilan me acaricia la mente con cada arpegio de guitarra, me transforma en un joven poeta de Minnesota diciéndole a su chica:

“An’ it ain’t no use to sit and wonder why, babe

If you don’t know by now;

when your rooster crows at the break of dawn,

look out your window and I’ll be gone.

You’re the reason I’m trav’lin’ on,

don’t think twice, it’s all right”

Abro WordPress y, consciente de que tú lees todo lo que yo escribo, empiezo titulando ‘#Q’ a un relato del que desconozco el final.

#Q

Copenhague está más bonita que nunca. Las personas discurren por las fachadas coloridas del canal de Nyhan expulsando el vaho del otoño por sus bocas. El gran ancla situada frente a los barcos victorianos recuerda en silencio a los daneses caídos en la mayor guerra que ha visto nuestro planeta. Ahora los vivos se arremolinan a sus pies, bien abrigados y con vasos verdes y blancos desbordantes de cafeína. Mientras teclean, toman fotos o graban vídeos; oyen a los músicos callejeros tocar a una ciudad que se despierta un martes más, en frenética calma.

Yo me arropo desde los hombros hasta mi boca con la bufanda de franela que me regalaste ya hace tres años. Aún huele a ti, que tantas veces la usaste de camino a la Universidad. Todavía guardo tu bici en nuestro pequeño balcón. El aroma a vainilla de mi lado de la cama delata tu invasión nocturna, noche tras noche, placenteramente consentida por mí. Hace una semana te convertiste en la prófuga más adorable del mundo y yo lo sé, y tú lo sabes.

Freiyja me pregunta con sus ronroneos que si vendrás a verla por navidad y yo le digo que puede, porque me dijiste que esto no es un para siempre. A ti, que fuiste mi Q y ahora eres mi (te) QUIERO –permíteme robarte tu estilo–, te suplico que te tomes el tiempo necesario para ordenar en tu cabeza cada uno de tus relatos. Te pido, por favor, que permanezcas sentada hasta que tu pierna te permita andar sin cojear, para así alcanzarme. Porque añoro nuestros paseos por el Gran Canal, nuestras selfies en el Palacio de Amalienborg, nuestros atardeceres en los lagos de Søerne. Porque fuiste una letra y ahora eres seis, Freiyja y yo te pedimos que, cuando te encuentres, regreses a nuestro lado.

Horacio Picón Masero.

Fall in love

Estabas tan guapa cuando mirabas al infinito y pensabas, que me daba miedo hablarte, por si te rompías. Tus ojitos tenían el brillo de un cometa al atravesar el nocturno cielo de verano y, de hecho, podía observar su estela en tus pupilas mientras observabas las montañas que se abrían ante nosotros. Desde ese cerro tenía la certeza de que éramos el punto de inflexión de la esfera que habitamos. Veía cómo las líneas que dividían cielo y tierra se curvaban, frente y tras nosotros; hecho que irrefutablemente confirmaba mi hipótesis.

Qué razón tienen los ingleses al decir que en el amor no sólo se ama, sino que también se cae. Porque amar a fin de cuentas es eso, precipitarse a un pozo sin fondo, a un precipicio de aristas onduladas, a un agujero negro que te atrapa y te hace viajar a otra dimensión paralela a la que estabas antes. Por suerte o por desgracia amar es caer, amar es disfrutar de la caída y amar, también, es saber levantarse…

Horacio Picón Masero.

Setenta

La fritanga hacía acto de presencia de la mano de un camarero con bandeja de acero y escaso pelo bañado en sudor. Sobre la mesa, las gotitas que se resbalaban de la jarra de cerveza formaban un charquito en el cutre mantel de papel.

–Permítanme, señores –exclamó el chico del pelo sudoroso mientras depositaba una ración de puntillitas sobre la mesa que, al estar coja, se inclinó derramando parte de la espuma de la cerveza que contenían ambas jarras. Se marchó tal y como había venido, con prisas. El chiringuito era un auténtico hervidero, tanto en el sentido literal como figurado de la palabra.

La camisa, a pesar de haberme desabrochado los cuatro botones superiores, se me ceñía al cuerpo como un traje de buzo. Agarré la jarra por el asa y, dirigiéndola hacía mi garganta, le di un sorbo que me sumergió al instante en el mar que se proyectaba frente a mí. Cerré los ojos y buceé durante unos segundos, me sentí naufrago del Titanic por unos instantes.

–A ver si pasa el chaval que le voy a pedir la sal. Esto está muy soso –la voz de mi mujer me trajo de vuelta desde el punto más septentrional del océano Atlántico. Despeinada, me miraba. Se había quitado las gafas de sol y al fin había dejado el móvil sobre la mesa.

–Pues sí, pídesela –le contesté mientras metía mi mano en el bolsillo de la camisa y sacaba el paquete de Marlboro. «Fumar mata», leí. «Y vivir también», pensé. –Lucía, tú tienes mi encendedor en el bolso ¿verdad?–.

–¡El bolso! Ya decía yo que se me olvidaba algo en el coche –le eché una mirada de soslayo y me coloqué un cigarrillo entre los labios.

–Siempre igual Lucía, de verdad. Si dejaras el cacharrito y te centraras en lo que estás haciendo no se te iría olvidando todo por ahí –me giré y pedí fuego a la joven que tenía detrás de mí. No tenía, pero su hermano, que estaba frente a ella, sí. –Gracias chicos –les dije con una sonrisa.

–Me ha mandado un guasa Carlos, dice que nos acerquemos sobre las siete o así que es cuando subirán los niños de la playa–. Asentí, poco había tardado en volver a coger de nuevo el móvil. Exhalé una bocanada de humo y pinché un par de puntillitas.

–Espérate a que le pida la sal –dijo levantando durante un segundo la vista de la pantalla.

–Para eso sí estás atenta ¿no?– solté un bufido y me fumé el cigarrillo en silencio. Ella seguía a lo suyo, la sal iba a tardar en llegar. Compadecía a cada uno de mis cuatro hijos por aquel día en el que decidieron regalarle a su madre un móvil con Whatsapp y conexión a Internet en donde quiera que estuviese.

La playa a la hora de comer estaba más tranquila. La gente que tenía casa en el pueblo subía a almorzar y luego bajaba después de la siesta. Apenas habría unas diez sombrillas clavadas en la arena. Cerca de la orilla dos jóvenes se abrazaban. Exhalé de nuevo el relajante humo de mi Marlboro y me quedé observándolos. ¿Cuánto llevarían juntos? ¿Un mes, tres meses, doce, un año? Tendrían poco más de la mayoría de edad.

En un giro de los acontecimientos él, que era más alto y fuerte que ella, la cogió por los aires y la depositó sobre el agua. Ella, entre risas y gritos empezó a salpicarlo. Él se tumbó sobre la joven y empezó a echarle puñados de tierra mojada sobre todo su cuerpo, pelo incluido. Los dos, embarrados, se besaron. Luego de librarse de toda la arena mojada que tenían sobre el cuerpo fueron hasta sus toallas y cogieron dos palas, una pelota y comenzaron a jugar. Eran como un flashback de un tiempo olvidado hacía ya demasiado. Parecían ser el paralelo recuerdo de una filme vital de mis años 20. Odiaba sentirme testigo de un tiempo que quedó atrás. Pertenecían a otro mundo. «Lucía, a tomar por culo las puntillitas y la sal. Cojamos las cervezas y huyamos corriendo hasta la orilla, que yo dejaré que me empujes, me tires al agua y me llenes de barro hasta el culo. Con camisa y todo, me la suda; somos viejos y nos queda poco ¿acaso no tenemos más derecho que nadie a hacer locuras?», exclamé en silencio. 

La ceniza del cigarrillo, que ya llevaba un tiempo consumiéndose entre mis dedos, cayó sobre mi pantorrilla desnuda. Refunfuñé de coraje y la quemazón me devolvió a la realidad. Mi mujer ya había pedido la sal al camarero y estaba devorando la fritanga mientras tecleaba en la pantalla táctil. La miré unos segundos planteándome qué pasaría si le decía explícitamente lo que acababa de pasárseme por la cabeza y sonreí amargamente. La joven pareja seguía jugando y riendo en la orilla. Los metros que nos separaban no sólo eran una medida de espacio, sino también de tiempo.

–¿Le has echado el limón? –le pregunté finalmente mientras metía el tenedor en el plato y estrujaba con mi mano izquierda el cigarrillo contra el cenicero.

Horacio Picón Masero

Ahora (pasado)

Ahora que alcanzamos el zenit de este verano
yo echo de menos tu pamela sobre el maletero de mi coche.

Ahora que el agosto afecta como una insolación a mi alma
miro atrás y comienzo a pensar que,
quizás,
los sueños sean la verdadera máquina del tiempo.

Ahora que leo sobre el suicidio de Robin Williams
me acuerdo de nuestro club de solo dos miembros,
de cómo nos convertimos en poetas de otros mundos,
de cómo se desvanecieron tras nuestros últimos besos muertos.

Ahora que escapo de la tortura del recuerdo
te encuentro atormentándome,
silenciosa,
desde la orilla opuesta a mi conciencia.

Me costó asumirlo pero al fin soy consciente:
mi ahora vive en el pasado
mi pasado en tus labios
y tus labios…

en el presente.

 

Horacio Picón Masero.